La mayoría de la gente cuando habla de educación canina, suele referirse a perros de tamaño grande. Sin embargo, también las razas pequeñas pueden (y deben) ser educadas. De tal modo, la vida cotidiana con ellas se hace más agradable para la familia y mejor aceptada por los vecinos.
Según el testimonio de numerosos veterinarios con décadas de experiencia en animales de compañía, y de veteranos criadores de razas pequeñas y toy, un gran número –la mayoría, aseguran– de dueños de perros de porte reducido no educan a sus animales. Es más, lo habitual consiste en que los traten a lo largo de toda la vida como si fueran eternos cachorros.
Ese trato equivocado es quizás el principal generador de la falsa reputación de las razas pequeñas como histéricas y caprichosas. Más justo sería decir que la falta de educación, una excesiva permisividad y la ausencia de límites claros vuelve a los perros de tamaño pequeño en histéricos y caprichosos.
Qué y cómo enseñarles
Lo que los perros de menor tamaño (en realidad, los perros de cualquier tamaño) deben aprender primero es obediencia. Responder a un conjunto de órdenes y acciones (como caminar junto al amo con y sin correa, sentarse a la orden y acudir a su nombre al ser llamados, etc.) no sólo hará más llevadera la convivencia con los ejemplares de razas chicas sino que modelará positivamente su comportamiento, volviéndolos más aplomados.
La manera más acertada de impartir la educación mencionada es por medio de “refuerzos positivos”. Éstos son premios dados inmediatamente después de que el perro hizo lo que le pedíamos. En una primera etapa, se pueden utilizar palitos comestibles, galletas o alimento balanceado. Avanzado el adiestramiento, conviene reemplazar el premio en comida por caricias, palmadas y felicitaciones verbales.
Los ejercicios de obediencia deben practicarse de a uno por vez y sólo pasar al próximo cuando ya haya aprendido el anterior.
Es preciso descartar de plano todo tipo de castigo físico y utilizar como reprensión un “NO” claro y en tono grave, cuando encontramos al perro haciendo algo incorrecto. Resulta indispensable que el “NO” sea pronunciado exactamente en ese mismo momento, pues la memoria del animal no asociará ni entenderá por qué se lo reprende, si es retado un rato después de cometida la “infracción”.
Tanto el premio como el reto, para ser efectivos, deben ser propinados inmediatamente después del acierto o el error.
Cuándo adiestrarlos
La educación del cachorro comienza en el mismo momento en que éste llega a su nuevo hogar. Luego de las primeras noches, en que podrá pernoctar en una caja junto a la cama de sus dueños, deberá comenzar a dormir en el lugar que se habrá destinado especialmente para ello.
También se lo irá acostumbrando a hacer pis y caca en un sector determinado de la casa donde no resulte complicado limpiar, por ejemplo un lavadero. Los perros suelen defecar –por reflejo– luego de comer. Así,
se trata de estar atentos y trasladar al cachorro al sector asignado cuando comience a dar señales de “ir al baño”.
La edad en que la mayoría de los cachorros llegan a sus nuevos hogares (entre los dos y los tres meses) es ideal para iniciar el aprendizaje, pues están “programados” para aprender. Conviene entonces no desaprovechar esa valiosa etapa en la que se produce lo que los etólogos llaman el imprinting (o impregnación); el acomodamiento del perceptivo del perro a lo que se puede y no se puede hacer.
Con límites claros y no contradictorios, el cachorro llegará a los seis meses sabiendo cómo comportarse dentro y fuera del hogar.
Y, con tres o cuatro prácticas diarias breves (de unos 10 minutos cada una), también a esa edad podrá responder a las ordenes elementales de obediencia.
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